3

Recurriendo a su experiencia e imaginación, todos los días se inventaba un motivo diferente para ser despedido, y todos los días sus intentos fracasaban. Muchas veces con resultados totalmente sorpresivos, que sólo servían para acrecentar su prestigio profesional.

Un día se le ocurrió organizar un torneo de dardos entre los enfermos de Parkinson.

Todos pensaban que él también estaba loco, la Junta Directiva se opuso terminantemente al enterarse del proyecto, y amenazaron a Neurastenia con tomar medidas drásticas si lo hacía. Esta era su oportunidad.

La enfermedad de Parkinson es un tipo de trastorno de movimiento, generalmente producido por la insuficiencia de dopamina en el cerebro.

Sus síntomas más notorios son: temblores en las extremidades y cara, rigidez corporal, lentitud de movimientos, falta de equilibrio y coordinación.

Esos eran los retos a superar. Según Segismundo, el cerebro, con la estimulación adecuada puede volver a producir dopamina sin necesidad de fármacos. Tenía que forzar a sus pacientes de tal manera que a sus cerebros no les quede otra opción que producir dopamina, presionados por una terapia arriesgada y novedosa.

Por encima de las disposiciones de sus superiores, lo hizo. Reunió una docena de pacientes, los equipó con tableros y dardos, y los encerró en el salón principal de la clínica. Al principio como el médico esperaba, se produjeron algunos accidentes por punciones y picotazos, ventajosamente nada serios. Luego, conforme iban cogiendo confianza los participantes iban afinando su puntería y ya le daban al tablero. Esa sensación de dominio sobre sus movimientos fue creando confianza en los pacientes y de a poco la terapia se convirtió en una sana diversión con resultados extraordinarios. Estuvieron dos días encerrados y al salir sus rostros demostraban el alborozo con que habían superado un reto para todos irracional.

Cuando sus superiores se enteraron, pidieron la destitución inmediata del profesional. Al Director no le quedó más remedio que preceder administrativamente y dio inicio al trámite.Como todo procedimiento burocrático, la destitución de Neurastenia tomaría unos tres días, tiempo en el que sin disimulo Segismundo se frotaba las manos en público.

Empezó a empacar sus libros, carpetas, discos, vajilla, ropa y demás posesiones personales. Resultó como cambiarse de casa, pues como vivía la mayor parte del tiempo en el Instituto, tenía media casa en sus instalaciones.

Pero estaba feliz. Había conseguido matar dos pájaros de un tiro: mejorar las condiciones clínicas de sus pacientes y conseguir su despido del Instituto.

Al tercer día recibió la sorpresa: admirablemente la Junta Directiva había cambiado de parecer cuando el resultado fue una notable mejoría en las condiciones motrices, de equilibrio y coordinación en quienes habían sido usados como conejillos de indias.

Se anuló su proceso de despido, se reconoció públicamente su valía en una sesión especial a la que asistieron todos los médicos, paramédicos, enfermeras y empleados administrativos, además de todos los pacientes y un amplio número de invitados entre auspiciadores, benefactores y miembros del Colegio Médico de la ciudad.

Se procedió a la entrega de un diploma de parte de la Junta Directiva del Instituto y se le comunicó solemnemente con medalla y diploma, su nombramiento como miembro de número en la Sociedad de Protección Cerebral.

Anuncios

2

UN AÑO ATRÁS

El Instituto de Neurociencias era un sanatorio psiquiátrico privado, que funcionaba gracias al apoyo económico de empresas y personas de buena voluntad. Ahí se brindaban los mejores servicios en salud mental de la región y todo psiquiatra que se precie tenía como meta ir a trabajar en su internado.

La institución creada a mediados del siglo pasado, era manejada por una fundación con fines benéficos y funcionaba en la que había sido en otros tiempos la casa solariega de una acaudalada familia.Su generosa donación, permitió sentar las bases de lo que luego sería la institución de salud mental más destacada del país. La sede se hallaba rodeada de jardines y parques en medio de una extensa propiedad, que ahora quedaba prácticamente en el centro de la ciudad y era el escenario vital donde un equipo de los más destacados psiquiatras y sicólogos se encargaba de atender tanto a los ciento veinte pacientes internos, como al centenar de consultas externas que se realizaban a diario.

Uno de esos sacrificados profesionales de las neurociencias era Segismundo Neurastenia.

La dedicación, la vocación y un profundo amor al prójimo heredados de su abuelo materno, encaminaron a este Doctor en Psiquiatría a trabajar en el Instituto, brindando ayuda médica para sus problemas de salud mental a parroquianos de todas las clases sociales.

Siempre se distinguió de los demás psicólogos y psiquiatras por su afán de superación, laamplitud de criterio, la vastedad de conocimientos y el profesionalismo que demostraba en su sacrificada tarea, lo que le valió el reconocimiento de su gremio y de la comunidad en general.

Su vida estaba centrada exclusivamente en el sanatorio. Entre las consultas externas y los pacientes fijos que tenía, el resto de su tiempo lo dedicaba a la investigación y al estudio de una ciencia que progresaba día a día, pero que igual encontraba a diario nuevas disfunciones cerebrales causadas por la modernidad y la tecnología.

De contextura delgada; ectomorfo para ser más exactos, alto, muy alto, su figura era parte del paisaje en el Instituto. Su cabeza alargada rematada por una lacia cabellera negra, pintaba sus primeras canas. Sobre el puente de una nariz estrecha y larga descansaban unos anteojos bifocales sobre los cuales se extendía su mirada hacia el infinito, buscando siempre lo que se encontraba más allá, lo recóndito, lo intangible. Siempre activo, era fácil distinguirlo en su bata blanca caminando por los pasillos con su carpeta de notas en la mano mientras visita a sus pacientes. Todos los días.

Pero con el pasar del tiempo, el trabajo rutinario y la falta de otras metas u objetivos en la vida, esa labor altruista que eralo más importante que había pasado en su vida,se estaba volviendo aburrida para el doctor Neurastenia. Se había graduado con honores (así dicen todos los currículos) en la Facultad de Psicología de la Pontificia Universidad Católica; y su mentor y profesor de Psicología Aplicada lo había llevado al día siguiente a trabajar en el Instituto. Ahí lo conocían muy bien, pues desde hace tres años realizaba sus prácticas pre-profesionales bajo la tutela de su maestro.

Siempre fue un alumno distinguido, inteligente, responsable y con altos valores humanitarios. La total dedicación a la profesión le robó incluso su vida privada por lo que nunca se le conoció un romance, una pareja o un hogar. Su vida estaba dedicada a los pacientes y su labor era reconocida en el Instituto y en las organizaciones relacionadas con la psiquiatría.

Pero el tiempo vuela y ya llevaba veintisiete años ejerciendo como facultativo de este centro psiquiátrico y al llegar a la tercera edad había decidido jubilarse para dedicarse a cualquier otra actividad. Había presentado su solicitud de jubilación en dos oportunidades y ambas veces se lo habían negado aduciendo la incapacidad profesional de los posibles reemplazantes.

El Director le había explicado que sus conocimientos eran muy importantes para la Institución y que harían todo lo posible para mantenerlo con ellos. Pese a sus insistencias, estaba encadenado al sanatorio y le iba a costar mucho el obtener su libertad.

No le quedaba más que ingeniarse alguna manera de romper las reglas para que al fin el Director proceda a despedirlo.Pero tenía que hacerlo de tal manera que no afecte su brillante historia laboral ni su jugosa pensión de retiro, porque tampoco era para echar por la borda el esfuerzo de toda la vida.

Doctor Neuras

 

“A veces, solo a veces, es mejor fingir demencia” JULIO CORTÁZAR.

1

MANO A MANO

En una esquina de la habitación, atenuada por la penumbra se dibuja la silueta de una cama de hospital y sobre ella, en una repisa que pende de la pared, una bandeja con una jeringa desechable y un frasco de un fármaco inyectable.

No vuela una mosca. No porque esté prohibido, sino porque no soportan el olor característico de las casas de salud.

En medio de la sala solo se aprecia un nítido cono de luz sobre el tablero verde pálido de una pequeña mesa metálica. Enfrentados en el centro de la sala y separados por el frío resplandor de la luminaria, dos adultos mayores se alistan para librar la batalla de sus vidas. Visten pulcras batas blancas, zapatillas de lona del mismo color y viseras de cartón con publicidad de un ansiolítico conocido.

Una corpulenta enfermera de nívea cofia que merodea de un lado a otro de la habitación, está lista para controlar el orden. Dos taburetes de madera soportan con estoicismo el nervioso balanceo de los jugadores.

Sobre la mesa y ordenadamente dispuestos: dos vasos de cristal, una botella de agua sin gas y un paquete de pañuelos de papel. Una baraja inglesa en su caja aún sin abrir y un estetoscopio completan el decorado minimalista de un garito con olor a alcohol y naftalina.

La luz de la única lámpara cincela los rostros estoicos de los dos jugadores. El primer tahúr un hombre delgado, casi enjuto, que aparenta más de setenta años, espera inmóvil cualquier movimiento de la mano repartidora. Los ojos inquisidores tratan de adivinar por sobre las gastadas gafas que cabalgan en su nariz, la carta que volará por el tapete verde, al mismo tiempo que sin pestañear no pierden un solo movimiento de los dedos de su rival. Es una versión fallida de actor de teatro en una obra de misterio.

El otro, aún mayor, con la actitud sobrada del experto, abre cuidadosamente el paquete de cartas, las mezcla parsimoniosamente y reparte el naipe sin quitar la mirada del entrecejo del contrincante. Una a una las cartas van rasgando el aire mientras recorren la ruta aérea de mano a mano, seguidas por la mirada acuciosa del receptor y el especulativo sondeo mental del repartidor.

Cuando las cartas han terminado su aéreo paseo y están en poder de los contendientes una sola mirada de la supervisora basta para cerciorarse de que ha llegado el momento de la verdad.

—Veremos ahora quien manda —presume el novato—, su antigüedad o mi perspicacia.

—Estás faroleando —responde el experto—, desperdicias tu saliva. Creo que será como la última vez.

El instinto le dice al bisoño que todo cambiará. Sabe que se está jugando la vida. Es la partida más importante de su existencia y tiene una mano para ganarla. Advierte trescientos diecinueve pares de ojos a sus espaldas y temeroso de que se expanda la noticia, cierra los párpados para que la dilatación de sus pupilas no delate su incontrolable ritmo cardíaco.

Un fuerte dolor en el pecho impide intermitentemente el paso del aire. Un coro invisible rompe el silencio al grito de: “¡Póker de Ases!, ¡Póker de Ases!”. Trata de tapar sus oídos para no escucharlos, pero tiene ambas manos ocupadas. Cierra en su cerebro la canilla de la sudoración de su frente, pero es incapaz de controlar el impaciente temblor de sus pantorrillas.

Cuando los vasos que estaban sobre la mesa se precipitan al suelo por el movimiento de sus piernas, sabe que está perdido. Los cristales rotos que buscan esconderse debajo de los zapatos, y el gruñido incontrolable que sale de la garganta de su adversario, le dan a entender que el fin está cercano.

Vislumbra la aproximación de un clímax, una oportunidad increíblemente favorable, pero no sabe controlarla. Toda su vida ha mantenido un permanente dominio sobre las situaciones externas. Y ahora, cuando más lo necesita, ese control le es esquivo.

Quiere declararse vencedor sin esperar la jugada de su rival, quiere aniquilarlo, avasallarlo, hacerlo polvo, pero la necesidad de crear un aire de misterio alrededor del éxito le está costando caro. Ni en esas circunstancias suelta las cartas, y apretándolas contra su pecho controla el vibrar intermitente de sus extremidades, clava los desorbitados ojos en el rival y esboza una desafiante sonrisa de triunfo.

Se siente ganador.

El asomo de un rictus en sus labios va borrando de a poco la sonrisa triunfadora para dar paso a una dubitativa sensación de intranquilidad. Retoma sus fuerzas para proclamar su victoria. Una gota de sudor frío se estrella contra la verde superficie de la mesa, estallando en mil cubitos salinos. Un nudo seco en la garganta le impide gritar su victoria. El esfuerzo por proclamar su superioridad genera dos ramas violáceas en las sienes. Hace el último esfuerzo…

Pero su adversario destroza su ego con un solo comentario:

—Es imposible jugar póker con un paciente mientras tiene un ataque de pánico. ¿Enfermera, puede aplicarle un tranquilizante?— dice soltando sus cartas sobre la mesa.

—Si doctor, enseguida—. Contesta la asistente de cofia blanca dispuesta a ejecutar la orden.

El médico abandona defraudado la partida y el frustrado paciente regresa a su camilla para que la enfermera le inyecte 2 ml de diazepam en la nalga y lo amarre con su camisa de fuerza.

Cuando el medicamento ingresa en su organismo, aún puede oír al coro invisible susurrándole al oído: “¡Póker de Ases!, ¡Póker de Ases!”

Sobre el tapete queda huérfana la mano perdedora: un lance a escalera real de color con la notoria falta del As de corazones que sonríe cínicamente desde el otro lado de la mesa acompañado por sus tres inseparables congéneres.