“A veces, solo a veces, es mejor fingir demencia” JULIO CORTÁZAR.

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MANO A MANO

En una esquina de la habitación, atenuada por la penumbra se dibuja la silueta de una cama de hospital y sobre ella, en una repisa que pende de la pared, una bandeja con una jeringa desechable y un frasco de un fármaco inyectable.

No vuela una mosca. No porque esté prohibido, sino porque no soportan el olor característico de las casas de salud.

En medio de la sala solo se aprecia un nítido cono de luz sobre el tablero verde pálido de una pequeña mesa metálica. Enfrentados en el centro de la sala y separados por el frío resplandor de la luminaria, dos adultos mayores se alistan para librar la batalla de sus vidas. Visten pulcras batas blancas, zapatillas de lona del mismo color y viseras de cartón con publicidad de un ansiolítico conocido.

Una corpulenta enfermera de nívea cofia que merodea de un lado a otro de la habitación, está lista para controlar el orden. Dos taburetes de madera soportan con estoicismo el nervioso balanceo de los jugadores.

Sobre la mesa y ordenadamente dispuestos: dos vasos de cristal, una botella de agua sin gas y un paquete de pañuelos de papel. Una baraja inglesa en su caja aún sin abrir y un estetoscopio completan el decorado minimalista de un garito con olor a alcohol y naftalina.

La luz de la única lámpara cincela los rostros estoicos de los dos jugadores. El primer tahúr un hombre delgado, casi enjuto, que aparenta más de setenta años, espera inmóvil cualquier movimiento de la mano repartidora. Los ojos inquisidores tratan de adivinar por sobre las gastadas gafas que cabalgan en su nariz, la carta que volará por el tapete verde, al mismo tiempo que sin pestañear no pierden un solo movimiento de los dedos de su rival. Es una versión fallida de actor de teatro en una obra de misterio.

El otro, aún mayor, con la actitud sobrada del experto, abre cuidadosamente el paquete de cartas, las mezcla parsimoniosamente y reparte el naipe sin quitar la mirada del entrecejo del contrincante. Una a una las cartas van rasgando el aire mientras recorren la ruta aérea de mano a mano, seguidas por la mirada acuciosa del receptor y el especulativo sondeo mental del repartidor.

Cuando las cartas han terminado su aéreo paseo y están en poder de los contendientes una sola mirada de la supervisora basta para cerciorarse de que ha llegado el momento de la verdad.

—Veremos ahora quien manda —presume el novato—, su antigüedad o mi perspicacia.

—Estás faroleando —responde el experto—, desperdicias tu saliva. Creo que será como la última vez.

El instinto le dice al bisoño que todo cambiará. Sabe que se está jugando la vida. Es la partida más importante de su existencia y tiene una mano para ganarla. Advierte trescientos diecinueve pares de ojos a sus espaldas y temeroso de que se expanda la noticia, cierra los párpados para que la dilatación de sus pupilas no delate su incontrolable ritmo cardíaco.

Un fuerte dolor en el pecho impide intermitentemente el paso del aire. Un coro invisible rompe el silencio al grito de: “¡Póker de Ases!, ¡Póker de Ases!”. Trata de tapar sus oídos para no escucharlos, pero tiene ambas manos ocupadas. Cierra en su cerebro la canilla de la sudoración de su frente, pero es incapaz de controlar el impaciente temblor de sus pantorrillas.

Cuando los vasos que estaban sobre la mesa se precipitan al suelo por el movimiento de sus piernas, sabe que está perdido. Los cristales rotos que buscan esconderse debajo de los zapatos, y el gruñido incontrolable que sale de la garganta de su adversario, le dan a entender que el fin está cercano.

Vislumbra la aproximación de un clímax, una oportunidad increíblemente favorable, pero no sabe controlarla. Toda su vida ha mantenido un permanente dominio sobre las situaciones externas. Y ahora, cuando más lo necesita, ese control le es esquivo.

Quiere declararse vencedor sin esperar la jugada de su rival, quiere aniquilarlo, avasallarlo, hacerlo polvo, pero la necesidad de crear un aire de misterio alrededor del éxito le está costando caro. Ni en esas circunstancias suelta las cartas, y apretándolas contra su pecho controla el vibrar intermitente de sus extremidades, clava los desorbitados ojos en el rival y esboza una desafiante sonrisa de triunfo.

Se siente ganador.

El asomo de un rictus en sus labios va borrando de a poco la sonrisa triunfadora para dar paso a una dubitativa sensación de intranquilidad. Retoma sus fuerzas para proclamar su victoria. Una gota de sudor frío se estrella contra la verde superficie de la mesa, estallando en mil cubitos salinos. Un nudo seco en la garganta le impide gritar su victoria. El esfuerzo por proclamar su superioridad genera dos ramas violáceas en las sienes. Hace el último esfuerzo…

Pero su adversario destroza su ego con un solo comentario:

—Es imposible jugar póker con un paciente mientras tiene un ataque de pánico. ¿Enfermera, puede aplicarle un tranquilizante?— dice soltando sus cartas sobre la mesa.

—Si doctor, enseguida—. Contesta la asistente de cofia blanca dispuesta a ejecutar la orden.

El médico abandona defraudado la partida y el frustrado paciente regresa a su camilla para que la enfermera le inyecte 2 ml de diazepam en la nalga y lo amarre con su camisa de fuerza.

Cuando el medicamento ingresa en su organismo, aún puede oír al coro invisible susurrándole al oído: “¡Póker de Ases!, ¡Póker de Ases!”

Sobre el tapete queda huérfana la mano perdedora: un lance a escalera real de color con la notoria falta del As de corazones que sonríe cínicamente desde el otro lado de la mesa acompañado por sus tres inseparables congéneres.

 

 

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